Lo que haya de necesidad está dentro de él. Nada le impulsa, excepto su ímpetu original por sobrevivir. Y lleva esto en sí mismo o en su grupo. Dentro de él está la fuerza con la que repele el dolor. Dentro de él está la fuerza con la que atrae el placer.
Casualmente es un hecho científico que el hombre es un organismo autodeterminado hasta el límite más extremo en que pueda serlo cualquier forma de vida, pues todavía depende de otros seres vivos y de su entorno general. Pero es autodeterminado. No es inherentemente un organismo determinado, en el sentido de que lo impulse esta forma maravillosa de estímulo-respuesta que parece tan clara en ciertos libros de texto y que resulta tan completamente impracticable en el mundo del hombre. Los afortunados ejemplitos sobre ratas no sirven cuando hablamos del hombre. Cuanto más complejo es el organismo, menos segura resulta la ecuación de estímulo-respuesta. Y cuando se llega a esa máxima complejidad que es el hombre, este ha alcanzado un buen grado de variabilidad en cuanto a estímulo-respuesta. Cuanto más consciente, cuanto más racional es un organismo, más autodeterminado es. El autodeterminismo, como todas las cosas, es relativo. Sin embargo, en comparación con una rata, el hombre es, de hecho, muy autodeterminado. Esto es sólo un hecho científico porque puede probarse fácilmente.
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